El Camino del Cid

La huella de un éxodo histórico

Desterrado y sin posesiones. Rodrigo, te despojaron de la honra y te castigaron a vivir como un proscrito, tú que lo diste todo por tu tierra, ingrata te paga con la condena al ostracismo, vida de mercenario, como lobo estepario y hambriento a la caza del sustento. Pero algo no te quitaron, altivo Cid, tú orgullo castellano.

Ver Cómo Llegar

 

Se dice que el canto del Mío Cid fue escrito por juglares de Gormaz o de Medinaceli, debido a la exactitud con la que se describen estos parajes. Menéndez Pidal por otro lado postula que el autor de El Destierro, fuese de San Esteban de Gormaz, mientras que La Afrenta del Corpes sería obra de un medinense, esto explicaría la exactitud con que se describe la zona. Lugar de gran encanto y emborrachado en historia, la Ruta del Cid tiene el atractivo de dar a conocer las tierras de la ribera del Duero y Medinaceli, de gran belleza arqueológica y artística que evoca las épocas de cristianos y sarracenos, contiendas religiosas y territoriales, pero también centros de intercambio cultural que enriquecen el alma del viajero.

Parte esta Ruta por tierras sorianas, de la entrañable población de Alcubilla de Avellaneda, que alberga un precioso palacio del siglo XVI, con un patio porticado. Es Alcubilla una de esas poblaciones, que atesoran esa esencia de romántico pasado, que impregna el ambiente. De Alcubilla se parte en dirección a Villálvaro, en cuyo itinerario se encuentra la vieja y maltrecha ermita de la Virgen de las Lagunas, de pasado románico.

Hubo una vez un castillo, donde el tiempo extendió su brazo más despiadado, aguantando sus acometidas, la torre del homenaje único vestigio de aquel castillo que Alfonso VI, entregó al Cid en Langa del Duero y que se alza sobre esa villa castellana.
Quizás sea Castillejo de Robledo, nombre que recibe del castillo templario, donde se narra uno de los episodios más divulgados: la afrenta de los Infantes de Carrión a sus esposas, las hijas del Cid. Cuentan las crónicas que un paraje de belleza sin par, al pie de la ermita de la Virgen del Monte, fue el escenario de tal villanía, antes de ser liberadas por su primo Félez Muñoz.

trovador Nuestra Señora de la Asunción de Valdanzo, Miño de San Esteban con su Iglesia de San Martín y el torreón defensivo, Aldea de San Esteban con Santa María la Menor y el propio San Esteban, son claras representaciones de la ruta del Cid. Es menester del viajero meterse en contexto desde la entrada a la provincia soriana por Langa, donde la ya citada torre del castillo en el “Limes cristiano” defendía el puente medieval, medio de vida y testigo de enfrentamientos e intercambios entre cristianos y musulmanes, conquistas, reconquistas, incursiones. ¡Si la torre hablara…!

Mecida por la calidez del Duero, San Esteban se alza lozana, con el orgullo de quien se sabe noble. Enclave fronterizo por excelencia, pasó de unas manos a otras dejándonos claros vestigios de su pasado como la torre del pueblo y el castillo en ruinas, si bien el espíritu medieval que se respira nos deja campo abierto a la imaginación y, porque no, a hacernos protagonistas de historias caballerescas. También la grandeza de Dios queda expresa con dos importantes iglesias del románico castellano de principios del siglo XII, San Miguel y Nuestra Señora del Rivero.

Inmortal al tiempo es este camino de Rodrigo Díaz de Vivar. A lomos de Babieca se acerca a Alcubilla del Marqués, donde se cuenta que hubo una vez un castillo que arrasó Abderramán III.

Osma en aquella época y como dice el Cantar del Mío Cid es tierra de nadie y tierra de litigio. En su seno surge un arrogante Burgo de Osma, sede episcopal desde el siglo XII y con universidad desde el siglo XVI. Fue el poder religioso quien actuó de mecenas de gran parte del patrimonio histórico con el que cuenta la ciudad, destacando el palacio, la catedral, las torres, las murallas, la barriada del cabildo, la plaza mayor, la universidad de Santa Catalina, el hospital de San Agustín, las casas consistoriales o la cárcel… En definitiva, un coloso artístico, cuyos orígenes hay que buscarlos mucho más allá de romanticismo medieval, en la ciudad arévaca de Uxama Argelae, romanizada y convertida en centro administrativo desde donde Roma llevará control de las vegas de los ríos Abión, Duero y Ucero. En la época medieval con la construcción del castillo, es cuando nace la villa de Osma. El obispo Pedro Burgués manda levantar el templo catedralicio y en las inmediaciones un burgo, germen de la actual ciudad. A partir de 1342 y gracias al poder de los obispos se impulsan las obras para dotar al episcopado. Según se traspasa la puerta de San Miguel, única que se conserva de la vieja muralla, se observan ejemplos de arquitectura tradicional, principalmente los situados frente a la Catedral.

La Universidad es otro ejemplo de belleza ejemplar, si bien perdió importancia académica a lo largo del tiempo, conserva todo su encanto arquitectónico, así como las casas consistoriales, el hospital de San Agustín y la plaza mayor de 1768 y, por supuesto, la Catedral, en la cual podemos observar todos los estilos arquitectónicos, desde su inicio en el siglo XIII, hasta su culminación con el remate de la torre en el siglo XVIII. No podemos olvidar el museo-biblioteca, donde se guardan autenticas joyas: colección de códices sellados, Biblia gótica el Especulum Virginum, tabla de las iglesias del mundo, las etimologías y uno de los códices más importantes del siglo XII: el beato escrito por el clérigo Pedro y miniado por Martino en 1086. Toda una concentración de historia, arte y cultura que debe ser observada desde la tranquilidad, pues es bien sabido que nunca fueron buenas las prisas.

¡Cabalga Campeador! que los nueve días que el rey te dio para abandonar el reino ya expiran y todavía estas cruzando el Duero por Navapalos. Al refugio de su atalaya descansa Mío Cid, pues ella guardará tu sueño. Y así fue, pues mientras yacía, apareciese el Arcángel Gabriel en sus sueños y así le dijo:


-Sin descanso cabalgad, mi buen Cid Campeador,
porque nunca con más suerte cabalgó ningún varón:
mientras que viváis, seguro que todo os saldrá mejor.

Gormaz te acecha Cid, su castillo observa impasible el paso de tus huestes: -Tú eres poderoso Campeador, pero más se necesita para rendir mis muros- parece pensar. Largo camino has hecho y largo camino te queda, a tú encuentro Berlanga de Duero se muestra hostil, sin sospechar que aquél que hoy te odia, aquel que llamas rey, algún día te la entregará en señorío.

Berlanga de Duero, baluarte defensivo del siglo IX y belleza singular, bien se merece un alto en el camino. No debe uno pasar por alto el castillo renacentista construido sobre la antigua fortaleza del siglo XII. Tiene una extensa muralla edificada en el siglo XVI por el ingeniero Benedetto di Ravenna. Cerca de la fortaleza encontramos restos del antiguo palacio de los Duques de Frías del siglo XVI, del cual solo queda la fachada después de la visita de las tropas napoleónicas. Para muchos sin duda alguna es la colegiata del siglo XVI la obra cumbre de Berlanga, comentario atrevido viendo el conjunto de la Villa. Diez parroquias y la familia Velasco-Tovar consiguieron la bula papal y se la encargaron al arquitecto Juan de Rasines. Como curiosidad, se cita el lagarto de la colegiata, caimán colgado junto a la puerta de entrada y que fue traído por el obispo de Panamá, Fray Tomás de Berlanga en1551. Otro de los atractivos de Berlanga es la gran arquitectura tradicional que jalonan sus calles, pero sin olvidar la hermosa picota jurisdiccional de estilo gótico, el barrio de la judería o el hospital viejo. Según cuenta el cantar, sirvió de posada a las hijas del Cid a su regreso a Valencia. Atrás queda Berlanga, mientras el camino errante busca el horizonte en busca de la Atalaya de Paones.

soldadoMuy cerca de Berlanga encontramos la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga. Se cree que anteriormente era un eremitario que daba cobijo a la comunidad mozárabe que lo edificó, siendo en la actualidad un referente patrimonial de formidable valor artístico.

En la lejanía se observa la muralla sobre la peña que domina el río Escalote. Es Rello quien causa admiración por la belleza de su caserío, ajeno a que algún día será declarada Bien de Interés Cultural. Rodrigo piensa lo lejos que esta de casa, sabor amargo del destierro. Las tierras castellanas se despiden de ti en Retortillo de Soria, puerta de la Sierra de Pela, camino a lo desconocido justo cuando se cumplen los nueve días que Alfonso te dio. No llores Mío Cid, pues no vas solo, a tus 300 leales caballeros, innumerable infantería acompañan.

Soria, fiel como siempre te llora, más te vuelve a ver por tierras de Layna, allá en el valle de Arbujuelo, paso natural muy transitado y de gran fluidez tanto en hombres como en mercancías, como relatan varios episodios del cantar. Desierto castellano por donde vagaron el Cid y sus hombres hasta avistar en la lejanía una villa de privilegiada ubicación: Medinaceli. El arco, las recias murallas y la torre nos dicen “Estoy aquí”. Su nombre se cree que puede venir de la unión de los pueblos Medium y Celis, una vez que uno de los dos derrotara al otro. También se cuenta que fuera consecuencia de la huida del arzobispo de Toledo, que se trajo consigo la mesa de Salomón, bien nutrida de piedras preciosas, aunque se la quitó el caudillo moro Tarik.

El hermoso patrimonio que atesora la villa se presume ya en un humilladero de las afueras con una preciosa portada del siglo XVI, que nos cuenta un poco de lo que vamos a encontrar en intramuros. Los orígenes de Medinaceli hay que buscarlo en el poblado celtíbero de Ocilis, aunque a pesar de su estratégica situación y fácil defensa, fue sometido inmediatamente antes de la campaña de Numancia. Cambia el trazado urbano tras la conquista romana, lo fortifican y construyen un arco a la entrada de la población, sobre la calzada que une Toledo con Zaragoza.

La increíble ubicación, de Medinaceli la convierte en un importante núcleo de disputa entre cristianos y árabes. Era en Medinaceli donde tenía la base Almanzor, azote de los reinos cristianos. La gran facilidad de defensa, la convierte en la última plaza en caer en 1123, casi cuarenta años después de la toma de Toledo, ya en la frontera del Tajo. Lugar que no da tregua al visitante, pues el influjo arquitectónico y artístico se manifiesta a raudales y en cualquier lugar. En el extremo occidental de la población nos encontramos la puerta de la muralla ó puerta árabe, que rivaliza en majestuosidad con el arco romano, que como decano, lleva observando desde casi dos milenios el trasiego de los hombres por la villa. Aunque si de esplendor hablamos, el castillo levantado sobre la antigua mezquita árabe es un claro ejemplo de la importancia histórica de la urbe.

Cabalgó por sus parajes el Cid en su destierro, siendo uno de sus caballeros Albar Fañez Minaya el definitivo conquistador del enclave árabe. De gran riqueza en arquitectura tradicional y casas nobiliarias con sus escudos, nos encontramos con deleites visuales como la plaza mayor, el Palacio Ducal del siglo XVII, la colegiata de Santa María del siglo XVI, al mando de doce parroquias o el beaterio de San Román sobre una primitiva sinagoga. De los tres conventos que otrora convivieron, permanece en pie el de Santa Isabel de las monjas clarisas. Varias veces citada en el cantar, aunque fue musulmana en vida del Cid y no al revés como cuenta el cantar, aquí yace enterrado Almanzor, el temido caudillo, que murió en las inmediaciones de Medinaceli. Tanta riqueza cultural exige calma, es el honor que se merece la histórica villa.

Son muchas y variadas las gestas de Rodrigo Díaz de Vivar, como aquella que cuenta que se vio asediado en el castillo de Alcocer sin agua ni víveres durante varias semanas por tres mil musulmanes venidos de Valencia. Pero el Cid sale a campo abierto consiguiendo una gran victoria sobre los musulmanes y un gran botín en oro, plata, piedras preciosas, armas, escudos, y unos quinientos caballos. Otras villas por las que pasó dejando su aroma a leyenda son Lodares, Jubera y su castillo, Somaén que también se deja percibir en esencia medieval con un castillo y la desaparecida ermita románica dedicada a San Roque y Santa Quiteria, Arcos de Jalón que nos ofrece su castillo y murallas, Aguilar de Montuega su atalaya, Montuega de Soria su castillo y por último Santa María de Huerta, donde Alfonso VII el “Emperador” fundó un impresionante monasterio con carácter defensivo y torres almenadas y por supuesto un templo de finales del siglo XII, con aportaciones posteriores.

Abandona definitivamente Soria por Torrehermoso, dejando la magia del recuerdo de alguien que se hizo grande por serlo.

 

IR AL PERSONAJE